Todo cuenta de Saul Bellow

*Bellow es un estupendo viajero para el que nada hay oculto. Mantiene la mirada siempre alerta ante el menor rasgo urbano, el más leve giro del idioma, la más pequeña característica, el más tenue olor.

Rodolfo Mendoza

Todo cuenta (Del pasado remoto al futuro incierto) de Saul Bellow es de aquellos libros a donde el lector realiza, de la mano del autor, un viaje a través de una época, ciertos personajes y muchas situaciones históricas que, al paso del tiempo, se vuelven casi lugares comunes.

Bellow nació cerca de Québec, Canadá, aunque fue hijo de inmigrantes judíos que habían dejado sus raíces entre la Rusia revolucionaria y la Polonia todavía zarista. El autor de la impresionante novela Las aventuras de Augie March (sin duda una de las grandes novelas del siglo XX), tuvo una infancia que resulta de inimaginable similitud entre aquellos judíos que vivían en Polonia, la Galitzia Oriental y parte de Rusia; así, podemos ver que algunas cosas que nos relata Bellow en las dos entrevistas que cierran este volumen y en donde nos habla de su infancia –una infancia absolutamente multilingüe–, una férrea educación hebrea, el contacto con diferentes culturas, en fin todo aquello que resulta muy similar a lo que ya habíamos leído en las páginas autobiográficas de Soma Morgensten, Sacher-Masoch o Gombrowicz.

Dividido en seis grandes apartados, las entrevistas corresponden al último; y es la parte digamos más íntima del volumen. Los cinco restantes apartados se dividen temáticamente: en la primera, “Incursiones en todos los sentidos”, es, precisamente, una suerte de miscelánea, en donde Bellow nos habla sobre Roosevelt, Jruschov y Dostoievski. La segunda sección está dedicada a los escritores, los intelectuales y, en algunos de los siete textos que conforman esta parte, también de la relación de los artistas y la política.

La cuarta y quinta parte resultarán las de mayor interés para el lector que no esté tan acostumbrado a la lectura de Bellow: “Reflexiones en tránsito” es una sección que se vuelve casi un libro de viaje, una serie de artículos en donde el autor de la también célebre novela Herzog nos pasea por España, Illinois, Israel, Nueva York, París, Vermont, etcétera. Bellow, además de gran narrador, es un estupendo viajero para el que nada hay oculto. Tiene y mantiene la mirada siempre alerta ante el menor rasgo urbano, el más leve giro del idioma, la más pequeña característica, el más tenue olor.

El quinto apartado es el más afectivo y acaso tierno del libro. En él, Bellow escribe cinco textos sobre cinco amigos suyos entre los que se encuentran el estupendo cuentista y novelista norteamericano John Cheever. “Algunos adioses” es el título de esta parte, y en ella Bellow se despide, ante la muerte, de ellos, de los que consideraba sus mejores amigos.

Premio Nobel en 1970, Bellow ganó dos veces el National Book Award con las novelas Herzog y El planeta de Mr. Sammler. Con El legado de Humboldt se le concedió el Premio Pulitzer, y en varios países fue distinguido como uno de los escritores más importantes de todos los tiempos.

Es una pena que ahora Saul Bellow casi no sea reeditado y haya caído en un olvido del que su propia grandeza pronto lo sacará.

 

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